Bocas de sal
Bocas de sal amanecen luego del sexo
que se esfuma entre la noche y el sol que amanece
mientras recorro los senos que se agigantan
mientras miro alrededor y en el recuerdo me acerco
a la arena que se deshace entre mis dedos
grano por grano como la sal que aprieta mi sed
tan sólo, soledad de tinieblas.
Y respiro aire
que más que vida en la ciudad
y la lluvia y el recuerdo y la nostalgia del barrio
que se acerca a mis pasos mientras camino en un mismo lugar.
Las horas pasan y el paso se desvance al llegar a mi casa,
un sillón, una persiana, una almohada, un televisor.
Un ademán tras otro, un alemán, un italiano, un turco,
una reunión de rufianes que alcanzan los más exquisitos sabores.
Otra cosa, un nene que pide, una madre, cambio, otra cosa,
Un hombre volando, una capa, un océano. Cambio.
Las sirenas, los muertos, la custodia. Cambio.
El nene, la miseria, la pobreza, el dolor, la droga.
Cambio y apago.
Eso es. Un océano. O una montaña. Y caminar.
Sólo caminar. Pero la sed me aturde, me dan ganas
de salir a saciarme con agua de la más pura naturaleza,
de aquello que no existe por la presencia del hombre.
Hombre otro hombre como yo o cómo tú o como él.
O ella. Que importa. La sed se vuelve arrogancia y no en mí
sino en tí que desprecias mis modales y mis modas,
que me encuentras cuando ya no buscas estar.
Y me dejo caer en la espera de aquella búsqueda
me echo atrás sobre tus brazos
que recorren el brillo de mi cuerpo como las letras que recorren
el papel a tientas mientras le dan sentido a lo escrito.
Pero aquí es peor.
Tus manos, tu ojos, tu olor.
Aquí me desvanezco.
No hay sentido ni siquiera un adiós.
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